
Miguel Hernández nació el 30 de octubre de 1910 en Orihuela, (Alicante) España. Hijo de familia humilde, su niñez y adolescencia transcurren en la sierra oriolana ejerciendo el oficio de pastor. Durante unos años asiste a la Escuela del Ave María, donde estudia gramática, aritmética, geografía y religión, destacando por su extraordinario talento. En 1925, a los quince años de edad, tiene que abandonar el colegio para volver a conducir cabras por las cercanías de Orihuela. Pero sabe embellecer esta vida monótona con la lectura de numerosos libros de Gabriel y Galán, Miró, Zorrilla, Rubén Darío. Desde 1930 Miguel Hernández comienza a publicar poemas en el semanario El Pueblo de Orihuela y en el diario El Día de Alicante. Su nombre comienza a sonar en revistas y diarios levantinos.
Viaja a Madrid en 1931 y al año siguiente participa, en Alicante, en el homenaje a Gabriel. En Madrid recibe influencia de Pablo Neruda y Vicente Alexandre, quienes tienen una visión menos sublimada de la existencia y determinan su abandono del catolicismo a un compromiso político de izquierda.
El estallido de la Guerra Civil en julio de 1936 le obliga a tomar una decisión. Miguel Hernández, sin dudar, la toma con entereza y entusiasmo por la República. Después de un viaje a Orihuela a despedirse de los suyos, se incorpora como voluntario en el 5º Regimiento. En plena guerra logra escapar brevemente a Orihuela para casarse el 9 de marzo de 1937 con Josefina Manresa.
En la primavera de 1939 Miguel Hernández intenta cruzar la frontera portuguesa y es devuelto a las autoridades españolas. Así comienza su larga peregrinación por las cárceles de Sevilla y Madrid. Inesperadamente, a mediados de septiembre del mismo año, es puesto en libertad y nuevamente le encarcelan en el seminario de San Miguel y después en las cárceles de Madrid, Ocaña y Alicante. Con treinta y un años de edad una tuberculosis pulmonar acaba con su vida el 28 de marzo de 1942.
Una querencia tengo por tu acento,
una apetencia por tu compañía
y una dolencia de melancolía
por la ausencia del aire de tu viento.
Paciencia necesita mi tormento
urgencia de tu garza galanía,
tu clemencia solar mi helado día,
tu asistencia la herida en que lo cuento.
¡Ay, querencia, dolencia y apetencia!
tus sustanciales besos, mi sustento,
me faltan y me muero sobre mayo.
Quiero que vengas, flor, desde tu ausencia,
a serenar la sien del pensamiento
que desahoga en mí su eterno rayo.